Algo que tenemos que reconocer como hombres es que por más buena voluntad que pongamos en determinadas tareas, no hay caso... no son para nosotros. Una de estas tareas se descubre a la hora de buscar. Buscar cualquier cosa, desde una herramienta hasta las medias que nos sacamos la noche anterior. Por algún designio de la naturaleza los hombres tenemos un gran problema al momento de intentar encontrar algo. Podemos pasar cerca del objeto de nuestra búsqueda infinidad de veces, pero da la sensación que fueran invisibles a nuestros ojos. Es entonces cuando recurrimos a nuestras esposas quienes, conociéndonos, nos preguntan si ya buscamos "ahí", a lo cual nosotros casi ofendidos respondemos que obviamente ya buscamos "ahí". Mientras este diálogo se produce ellas, inmutables, se dirigen ante nuestros ojos para encontrar el objeto tan preciado justamente "ahí" donde nosotros habíamos pasado un millón de veces...! Con una mezcla de sensaciones en nuestro interior simplemente recibimos nuestros "gran tesoro" sin decir -en la mayoría de los casos- una sola palabra.
¿Te pasó alguna vez esto? Seguramente. Qué gran problema tenemos al momento de encontrar algo. En nuestra vida espiritual nos sucede lo mismo. Lo esencial parece, muchas veces, invisible a nuestros ojos. Y a veces no es falta de búsqueda sino, y si se puede usar el término, falta de encuentros.
Leyendo y pensando en el libro de los Hechos en el capítulo uno a partir del verso seis, Jesús está junto con todos sus seguidores prácticamente con un pie en el cielo, a punto de irse. ¿Te imaginás la secuencia?
Yo me imagino a sus discípulos con una sonrisita nerviosa, acercándose al Mesías y preguntándole «¿cuándo restaurarás a Israel?». Es interesante entender esta pregunta. Esta pregunta está basada en el pensamiento bíblico de lo que el Mesías tenía que realizar para ser considerado Mesías; entre otras tareas, y según las antiguas profecías, el Ungido de Dios tenía que traer liberación completa a Israel, tenía que restaurar la Paz y eliminar a todos los enemigos de su pueblo. Cosas que aparentemente no habían sucedido hasta ese momento. Creo que la pregunta era casi desesperada... "Señor te estás llendo a los cielos, y la verdad estamos agradecidos por todo lo que has hecho, y ni hablar de la resurección... estuvo todo muy bonito... pero... ¿cuándo vamos a ver que aplastes a nuestros enemigos?". Lo que sus discípulos no pudieron ver en ese preciso momento fue que Jesús había ya destruído al enemigo de sus almas exhibiéndolo públicamente y triunfando sobre ellos en la cruz. No pudieron verlo.
Al pensar sobre esto me doy cuenta que toda la Biblia es una acumulación de esperas desesparadas y de búsquedas sin encuentros: Un Rey que nace en un establo, una mujer que busca agua y termina llevándose la salvación eterna, un profeta que espera a su Dios en el fuego, en el terremoto o en el trueno y sin embargo ese Dios se muestra en un silvo apasible.
La pregunta sería: ¿dónde está el punto, en el buscado o en el buscador? Como buscadores necesitamos refinar nuestros criterios para lograr menos búsquedas y más encuentros.
No soy conocedor en su totalidad de los principios que rigen el marketing y las ventas, pero se que hay algo que se llama "identificación de la marca", y que se relaciona con la importancia de que el cliente o comprador pueda identificar de forma clara el producto, que lo reconozca a primera vista. En nuestro país, Argentina, por ejemplo una de las marcas líderes en comercializar el cloro diluído para uso doméstico ha tenido históricamente sus envases en color amarillo y verde; dado el crecimiento que tuvo este producto y la buena recepción por parte del público, las nuevas marcas de menor reconocimiento empezaron a lanzar al mercado sus productos en envases prácticamente iguales al ya mencionado ¿por qué? Porque en la mente del comprador el agua lavandina viene en envase amarillo con tapa verde... Ahora, ¿qué sucedería si por algún motivo se cambiara el color o tipo de envase? Muy probablemente muchos de nosotros -hombres- no encontraríamos un envase de lavandina aún estando en medio de un deposito de cloro...
Estamos acostumbrados a dejarnos llevar más por el envase que por el contenido. Cuando lo que buscamos no viene en el envase que lo esperábamos lo dejamos pasar de largo.
Algo así le sucedió a los religiosos del tiempo de Jesús. Cuando el Señor estuvo en Jerusalén en lo que sería su última visita, él lloró por la ciudad y habló de las consecuencias que vivirían por no conocer el tiempo de Su visitación (Lucas 19.44). El problema de los religiosos de aquel tiempo no fue por falta de búsqueda, sino por estar buscando algo diferente de lo que Dios tenía preparado para ellos. Era más importante el envase que el contenido, esperaban a un Rey con superpoderes sobre un caballo blanco en lugar de un hombre manso y humilde de corazón.
Hoy en día vivimos la misma historia, le decimos a Dios cómo tiene que revelarse y cuáles son las formas de manifestarse en nuestras vidas. Si no lo hace como lo esperamos decimos: "eso no es de Dios". El problema es que corremos el riesgo que corrieron los Fariseos de aquella época, perder el tiempo de SU visitación.
Que Dios nos de sabiduría para, en este tiempo, poder «ver» a Aquel que dejó su trono en los cielos para caminar en medio nuestro. Tal vez el "envase" en el que llegue a tu vida no sea el que quieras o esperes, pero si por un momento podemos dejar de exigir una manifestación conforme a nuestro pensamiento, tal vez encontremos que su renuevo, que su lluvia, que su bendición está mucho más cerca de lo que tú y yo creemos.
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